Y un día acaba, acaba como todas las cosas bonitas de la vida, con un silencio. Se consume en un susurro toda tu vida, o lo que tu considerabas que era tu vida.
Tu primer amor se acaba cuando uno de los dos se queda en silencio, cuando no quiere seguir con eso hacia delante, cuando ya no encuentra motivos para decirte que no llevas razón y que sigue luchando por ti. Seamos realistas cuando algo se acaba, se destruyen mil sueños y esperanzas.
Si algo he aprendido de la vida es que hay que disfrutar cada momento como si fuese el último, pero también que hay que vivirla despacio. Que tienes que sentir cada uno de los pensamientos que pasan por tu cabeza; que hay que dejarse llevar en algunos momentos, pero que tampoco hay que darle rienda suelta a la vida, no dejar que nos lleve al camino que ella elija, elije tú tu propio camino. Yo hoy me he parado a mirarlo todo desde fuera por un momento.
Hoy me he preguntado que será de aquellas personas que consiguieron lo que querían, como avanzaron sin saber lo que estaría por venir, lanzándose así a un posible fracaso. Supongo que esas personas son las mismas con las que te cruzas por la calle, con ese uniforme que tanto odian, esperando todos los días a hacer lo que sus jefes les diga. Supongo que estarían cansados de llevar siempre el mismo uniforme. Aquí tenéis el nuevo de esta temporada. Y le colocan ese uniforme, como si los etiquetasen en la vida. Esas personas son las mismas que salen de su casa todos los días a las 7 de la mañana, con la carpeta bajo brazo. Van tan deprisa que ni siquiera pueden pararse en un semáforo en rojo a preguntarse si las personas que están a su lado son felices, o lo que es peor, si ellos son realmente felices.
Hay que vivir despacio, tanto que te de tiempo llegar al fin de la vida y estar orgulloso de ti. Sin embargo, hoy me dado cuenta de que no estoy viviendo lo que quiero vivir, que no soy quien quiero ser, y que me he convertido en lo que siempre he odiado. Que han pasado los días, todos iguales, que más da que fuese 1 o 2, de agosto o de septiembre, si acabaría siendo la misma rutina. Y hoy he mirado al techo y no me he permitido llorar, no puedo dejar que me etiqueten como alguien débil. He vuelto a sentir que no soy quien quiero ser, me preguntaba si por casualidad mañana me chocaría con alguien que me dedicara una sonrisa y me dijese que todo va a estar bien. Pero entonces estaré otra vez en un semáforo en rojo, miraré a todos los que están a mi alrededor, los que van corriendo sin saber lo que quieren en la vida. Si hay algo que nunca quiero ser, es como esas personas. No quiero llevar una etiqueta en la vida, no quiero estar obligada a levantarme con prisas todos los días. No quiero ir deprisa, quiero ir despacio.
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