Después de tantas decepciones ya nada me sorprende. Alguien me dijo que simplemente me había echo más fuerte. Dejemos de engañarnos, mi incapacidad de llorar desde hace meses no es la fuerza. Más bien es todo lo contrario. Miedo. Miedo a que la gente piense que soy débil. He cambiado tanto, tantísimo, a base de decepciones, despedidas y más de una mentira.
Ya ni el frío me cala los huesos, irónicamente me abriga. Y me llena de esperanza para volver al invierno, cuando durante un par de meses, justo entre el fin del verano y el principio de la navidad, todos dejan por un momento de fingir. La sonrisa que han mantenido de fiesta en fiesta todo el verano, se apaga y repone fuerzas para cuando vuelva a hacer falta. Llegan nuestros queridísimos encuentros, algunos más queridos y otros más fingidos.
Y volvemos a mentir, 'te he echado de menos', las palabras que todos quieren escuchar, aunque sepamos que realmente no se han acordado de nosotros, da igual, en ese momento nos reconforta.
Yo personalmente prefiero esta época del año, la gente cansada de todo, afloja un poco y muestran quien realmente son. La última vez, me senté en un banco del parque, con un álbum de fotos. Cada una de ellas me recordaba todo lo que he perdido, y lo que sigo teniendo. Algunas miradas que perdieron el sentido y otras que están empezando a encontrarlo. Cierro los ojos y lo veo claro, veo mis errores, mi pasado. Y de repente escucho una sonrisa, que me hace levantar la cabeza. Era una chica frágil, sentada un banco. Sí frágil, llevaba puesto un vestido precioso, y se pintaba los labios de rosa. Para ocultarlo todo tras su sonrisa, fingida. No paraba de reír. Pero se que era frágil, pero frágil de la de verdad, de las que con un simple roce se resquebraja el cristal. Y lo sé porque las personas que son fuerte, son serias, sí pueden que sonrían de vez en cuando, pero no de esa manera. Es triste que ahora ahora no se sepan diferenciar entre las sonrisas de verdad y las de mentira, las miradas. Pero yo creo que no he perdido eso, el valor de diferenciar miradas. En definitiva, era frágil. Una persona segura de sí misma no necesita mirarse cincuenta veces al espejo, y ella llevaba un espejo de mano en el bolso. Y yo seguía ahí, viendo como ella fingía, y quería levantarme y gritarle que dejara de fingir, que no servía de nada, que por mucho que se pintase se veía que su sonrisa no era sincera. Ella seguía riendo, yo seguía mirándola. Me levanté, y dí un par de pasos hacia delante, pero entonces, ella se miró en el espejo, se levantó sonriendo y se fue. Entonces me quedé paralizada viendo como había dejado a esa chica irse, sin decirle que esa chica era yo.
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