Estoy segura de que me va a tocar hacer que me da igual, que te da igual. Luego hará frío y la ventana de mi habitación se llenará de vaho y yo intentaré escribir mi nombre, pero no tendré espacio para la última letra, porque he olvidado como hacer las cosas bien, complementar lo que me dejó incompleta. Y a lo mejor, algún día dejaremos de depender de personas que no nos necesitan. Olvidar es como intentar no ser feliz constantemente, es una contradicción, como que el pasado guarda las peores cicatrices y los mejores momentos, y es inevitable mirar pa' atrás sin arañarse y sonreír en el mismo momento.
La solución nos la dan otras manos, cuando se aferran a nuestro cuerpo. Pero empiezo a pensar que la salida más cercana es abandonar la esperanza cuánto antes. Y que venga lo que tenga que venir, con tal de que nadie vuelva a irse sin mi o con todo lo mío.
No se puede hablar de echar de menos sin haber colgado un teléfono que no volverá a sonar, ni se puede escribir del miedo de perderlo todo si no lo has perdido. Que dilema, como cuando entendí que estabas más cuando te ibas y por supuesto que hubo más caricias que palabras vacías. Igual que sus miradas siempre fueron mejores que mis letras, Pero claro, el problema llega cuando sólo se quiere recordar ciertas cosas y el otro no sabe ni que tiene que olvidar. He acumulado todos los recuerdos, me he quedado con los envoltorios de los regalos, y me tengo que guardar las ganas de todo que íbamos a hacer.
Me da pena perder lo que había antes de que todo empezara, pero ya no hay nada que hacer, si tengo tres puntos suspensivos colgados en la pared, y sólo se caen dos. La pared sigue siendo pared, pero ya no hay nada que no se tenga que acabar.
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